Tony González Requeiro
Antes de que sigas leyendo sobre mí, llévate un libro.
La Travesía es una historia de aventura y esperanza inspirada en la vida real de miles de migrantes. Es la puerta de entrada a El Cuaderno, donde comparto cada dos semanas lo que estoy escribiendo, leyendo y descubriendo — antes que nadie más lo lea.
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30
Años narrando historias
4
Libros publicados
600+
Músicos y escritores entrevistados
15+
Años al frente de Made in Metal
El cuaderno de Tony González
Un correo con ideas, procesos y lecturas — no un boletín de novedades.
— Lo que estoy escribiendo antes de que se publique.
— Libros y música que me han hecho pensar esa semana.
— Reflexiones cortas que no caben en un libro entero.
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#04 · 6 de octubre de 2026
El buen gusto de mirar sin prejuicios
#03 · 6 de octubre de 2026
El peligro de tirar del hilo
#02 · 22 de septiembre de 2026
Cuando una novela esconde una biblioteca
#01 · 8 de septiembre de 2026
¿Por qué abro este espacio?
Libros
Cuatro formas distintas de contar historias — la primera es gratis.
Treinta conversaciones con algunos de los grandes nombres del rock internacional que van más allá de la entrevista convencional. Creatividad, inspiración, dudas y experiencias personales, este libro invita a descubrir la dimensión más humana de artistas como Yngwie Malmsteen, Doro Pesch, Simone Simons, Adrian Vandenberg o Michael Schenker. Un recorrido por la música contado desde dentro.
Comprender el bullying es el primer paso para combatirlo. Este libro combina análisis, experiencia y propuestas prácticas para ayudar a reconocer el acoso escolar, intervenir con criterio y prevenir sus consecuencias. Una obra dirigida a familias, docentes y profesionales de la educación que buscan herramientas útiles para proteger a niños y adolescentes y construir una convivencia más segura.
««COAUTOR»»
En las calles de Santiago de Cuba, el amor, el humor y la picardía se abren paso entre las dificultades de la vida cotidiana. La Corrococada y otras recetas combina erotismo, costumbrismo e ironía en una historia que celebra la imaginación, la capacidad de reírse de uno mismo y la extraordinaria vitalidad de la cultura cubana en la realidad cotidiana.
Cuando no escribo
Durante quince años he entrevistado a músicos de rock y metal en Made in Metal, primero en radio y ahora en podcast y YouTube. También traduzco literatura y llevo más de una década enseñando idiomas — cosas distintas, pero con la misma raíz: escuchar bien antes de contar.
Made in Metal Podcast
Made in Metal YouTube

Llevo treinta años contando historias: primero como periodista musical, después como profesor y traductor, y desde hace unos años como novelista. He entrevistado a más de quinientos músicos de rock y metal, traducido libros ajenos antes de escribir los míos, y explicado gramática en aulas de tres países distintos.Todo eso vive ahora en El Cuaderno: los libros que escribo, las conversaciones que grabo y lo que aprendo entre unos y otras. Si te gustan las historias bien contadas, este es un buen sitio para quedarte.
Tony González Requeiro
Escritor / Traductor / Editor / Periodista musical
Proximamente
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A partir de este invierno ayudaré a otros autores a preparar su manuscrito para publicación: informes de lectura, revisión editorial y acompañamiento durante las últimas etapas del camino entre el manuscrito y el libro publicado.
Te enviaré un solo correo cuando esté disponible. Nada más.
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EL CUADERNO DE TONY GONZÁLEZ · #01
Por qué abro este espacio
8 de septiembre de 2026
Hay cosas que caben en un libro y otras que, por alguna razón, se quedan fuera.A veces porque no encuentran su lugar en la historia. Otras, porque aparecen después de haber terminado el manuscrito, cuando el libro ya está publicado y uno puede volver sobre lo escrito con cierta distancia.
También están esas ideas que surgen mientras escribes, pero que no pertenecen exactamente al libro que estás escribiendo. Aparecen, insisten durante un tiempo y terminan esperando en algún rincón.Este Cuaderno nace, en buena medida, para ellas.Durante años he escrito sobre libros, música, personas, viajes, experiencias e historias. Algunas de esas cosas terminaron convertidas
en libros; otras, en artículos, entrevistas o programas de radio. Pero siempre ha quedado una parte del proceso que no encontraba un lugar natural donde ser contada.¿Qué ocurre con una historia después de publicarla?¿Qué pensamientos aparecen cuando el libro ya está fuera de tus manos?¿Qué detalles quedaron fuera porque rompían el ritmo, porque
no eran necesarios para entender la historia o, sencillamente, porque todavía no había llegado el momento de contarlos?Y también hay algo más sencillo: hay cosas sobre las que uno quiere escribir sin necesidad de convertirlas en un libro.Por eso he decidido abrir El Cuaderno de Tony González.No quiero que sea una prolongación de mi web ni un catálogo de mis libros. Tampoco pretendo convertirlo en un boletín de novedades en el que cada correo tenga como objetivo anunciar algo.Quiero que sea un espacio más abierto.Un lugar para escribir sobre literatura y escritura, pero también sobre música, cultura, conversaciones, lecturas y esas pequeñas cosas que terminan convirtiéndose en grandes historias cuando uno las mira con suficiente atención.Habrá textos que nazcan de un libro que ya he publicado.
Otros quizá tengan que ver con un proyecto que todavía está tomando forma.
Algunos pueden surgir de una entrevista, de una canción, de una lectura o de una conversación inesperada.Y, de vez en cuando, seguramente aparecerá algo que no sabría dónde colocar en ninguna otra parte.Ese es precisamente el sentido del Cuaderno.No quiero establecer una frontera rígida entre escritor, lector, periodista, traductor o creador. Todas esas experiencias forman parte de una misma mirada y, con el tiempo, han terminado mezclándose.Tampoco quiero prometer una frecuencia frenética. Prefiero
otra cosa: tener algo que decir y encontrar el momento adecuado para decirlo.Quizá esa sea una de las diferencias entre un cuaderno y una publicación convencional. Un cuaderno no tiene que demostrar nada. Puede contener una idea a medio desarrollar, una reflexión que apareció después, una historia que no llegó al libro o simplemente una conversación que merece continuar.Y eso es lo que me gustaría que ocurriera aquí.Que El Cuaderno sea un lugar donde podamos detenernos un momento.Leer.Pensar.Discutir alguna idea.Descubrir un libro, una canción o una historia.Y, si alguna de esas cosas merece seguir hablando de ella, hacerlo juntos.Porque publicar un libro no significa necesariamente terminar una historia. A veces significa empezar otra conversación.Este Cuaderno nace para continuar algunas de esas conversaciones.Bienvenido.Tony González
EL CUADERNO DE TONY GONZÁLEZ · #02
Cuando una novela esconde una biblioteca
22 de septiembre de 2026
Hace unos días leí un artículo de Jon Juaristi en ABC que comenzaba hablando de El nombre de la rosa y terminaba llevándome por Heráclito, los estoicos, Borges, Walter Scott, Charlotte Brontë, Daphne du Maurier, Raymond Chandler, Dashiell Hammett y Ross Macdonald.No está mal para una columna de periódico.Todo partía de dos palabras: «sobreviene la ecpirosis».Reconozco que «ecpirosis» no pertenece precisamente al vocabulario que uno utiliza para pedir el café por las mañanas. Es un término procedente de la filosofía estoica que designa, aproximadamente, la destrucción periódica del universo por el fuego. Es también la palabra que Umberto Eco utiliza en el título del último capítulo de El nombre de la rosa.A partir de ahí, Juaristi tira de un hilo y ocurre algo que siempre me ha fascinado en determinados escritores: detrás de una palabra aparece otra historia; detrás de esa historia, un libro; detrás del libro, otro escritor; y, cuando uno se da cuenta, lleva veinte minutos leyendo sobre algo que no sabía que le interesaba.Hay escritores que parecen tener una biblioteca dentro de la cabeza.Umberto Eco debía de tener varias.Una novela para muchos lectoresLeí El nombre de la rosa hace años, después de haber visto la película. Imaginé que, como en toda buena novela, el filme no podría reflejar todo su universo y, aunque la película está muy bien lograda, el libro siempre da más.Recuerdo perfectamente una de las sensaciones que me produjo: la certeza de que estaba entendiendo la novela y, al mismo tiempo, de que se me estaban escapando montones de cosas.Lo extraordinario es que eso no impide disfrutar tanto el libro como de la película.Puedes leer El nombre de la rosa como una magnífica novela de misterio ambientada en una abadía medieval. Hay asesinatos, investigación, sospechosos, una biblioteca laberíntica, libros prohibidos y un franciscano, Guillermo de Baskerville, que observa el mundo con una capacidad deductiva que difícilmente puede ocultar su parentesco literario con Sherlock Holmes.Pero debajo de esa novela hay otra.Y debajo, probablemente, otra más.Guillermo de Baskerville remite también a Guillermo de Ockham. Jorge de Burgos, el bibliotecario ciego, nos conduce inevitablemente hasta Jorge Luis Borges. La biblioteca laberíntica recuerda a la Biblioteca de Babel. El libro perdido de Aristóteles no es simplemente un buen recurso para sostener el misterio: permite a Eco discutir sobre la risa, el conocimiento, el poder y el miedo que provoca aquello que puede poner en duda una verdad establecida.Y ahora llega Juaristi y me recuerda que incluso la palabra utilizada para anunciar el incendio final —ecpirosis— arrastra detrás de sí siglos de filosofía.¿Cuántas cosas más se me escaparon?Probablemente muchísimas.¿Y a ti? ¿Cuántas se te escaparon?Ahí reside una parte del talento de Eco: no necesitas descubrir todo el universo para disfrutar de la historia.El lector que reconoce una referencia obtiene un pequeño premio. El que no la reconoce puede continuar leyendo sin que nadie le cierre la puerta.Eso es mucho más difícil de hacer de lo que parece.El peligro de saber demasiadoLa documentación puede convertirse fácilmente en enemiga de una novela.Cuando uno ha dedicado semanas o meses a investigar algo, aparece una tentación comprensible: contarlo.Todo.Después de haber leído tres libros sobre un asunto parece casi ofensivo utilizar solamente dos párrafos. ¿Para qué demonios he investigado las otras cuatrocientas páginas?Pues quizá precisamente para poder escribir esos dos párrafos.Eco podía permitirse llenar sus novelas de historia, filosofía, teología, semiótica, literatura y cultura popular porque buena parte de ese conocimiento no había sido adquirido para escribir una novela. Formaba parte de su vida intelectual.El nombre de la rosa no nació de alguien que decidió documentarse durante seis meses sobre la Edad Media para ambientar un crimen. Eco era medievalista. Había dedicado su tesis doctoral a la estética de Tomás de Aquino. Aquel mundo ya estaba dentro de él.Eso cambia las cosas.El conocimiento deja de ser documentación y empieza a convertirse en mirada.Quizá por eso puede permitirse bromear, esconder referencias y jugar con ellas. No necesita demostrar al lector cuánto sabe.Él lo sabe.Y sigue contando la historia.Entonces llegó El péndulo de Foucault.En 1988, ocho años después de El nombre de la rosa, llegó El péndulo de Foucault.Si en El nombre de la rosa Eco abre una biblioteca, en El péndulo de Foucault parece decidir que, ya puestos, podemos abrirlas todas.Templarios, rosacruces, cábala, alquimia, ocultismo, jesuitas, masonería, numerología, conspiraciones, historia y literatura, todo unido y mezclado como un ajiaco cubano. Lo ves todo en el plato, pero si comienzas a separarlo por ingredientes, te pierdes el sabor real.La novela está dividida siguiendo las diez sefirot, las emanaciones o atributos divinos que conforman el Árbol de la Vida de la Cábala judía, y contiene tal cantidad de referencias que hubo quien consideró que necesitaba un diccionario para acompañarla.Sin embargo, debajo de toda aquella maquinaria intelectual hay una idea extraordinariamente contemporánea: tres hombres comienzan a relacionar datos y acontecimientos para inventar una gran conspiración y terminan encontrándose con personas dispuestas a creer que esa conspiración es verdadera.Es difícil leerla hoy sin pensar en nuestra extraordinaria capacidad para encontrar relaciones donde quizá solamente existen coincidencias.Dadle suficientes datos a una persona empeñada en demostrar algo y probablemente acabará encontrando la prueba que estaba buscando.Otra novela que juega magistralmente con la invención convertida en información es El sastre de Panamá, publicada por John le Carré en 1996 y llevada al cine por John Boorman en 2001.Por supuesto, Internet ha convertido el deporte de las conspiraciones en disciplina olímpica.Leer para escribirTodo esto me hizo pensar en algo bastante más sencillo.Para escribir hay que leer.Parece una obviedad, pero quizá no lo sea tanto.No me refiero solamente a leer manuales sobre cómo construir personajes, escribir diálogos o estructurar una novela. Me refiero a leer buenos libros. Libros mejores que los nuestros —que deben de sumar unos cientos de miles—. Libros que nos obliguen de vez en cuando a detenernos y preguntarnos cómo ha conseguido el autor hacer esto o aquello.Leer a Eco no significa que debamos intentar escribir como Eco. Sería una pésima idea. Ya había uno y ocupaba bastante espacio.Significa descubrir posibilidades.Cómo introducir información sin detener una historia. Cómo utilizar una referencia que algunos lectores reconocerán y otros no. Cómo esconder una segunda lectura debajo de la primera. Cómo conseguir que la documentación sostenga el edificio sin que el lector tenga que contemplar los andamios.También aprender cuándo hay que callarse.Porque quizá la verdadera erudición literaria no consiste en contar todo lo que uno sabe, sino en saber exactamente cuánto necesita contar.Y ahora tengo curiosidad.¿Qué novela has leído alguna vez con la sensación de que debajo de la historia que estabas siguiendo había otra que se te estaba escapando?Respóndeme a este correo y cuéntamela. Me interesa saber que libro fue y, sobretodo, qué descubriste después.En una próxima página de El Cuaderno volveré a Eco, pero esta vez siguiendo el hilo que dejó Jon Juaristi: los escritores capaces de conseguir que una palabra nos lleve a otra historia, y esa historia a otro libro.Una última curiosidad:El péndulo de Foucault nunca llegó al cine. Durante años, Eco rechazó las propuestas para adaptarlo, descontento con lo que había ocurrido con El nombre de la rosa. Para él, aquella película era la obra de otro, no la suya.No sé qué habría dicho exactamente Eco. Pero, si hubiera sido cubano y me permiten la licencia, quizá habría sonado más o menos así:«Ya me jodieron esa novela con la película de mielda esa. Esta sí que no me la van a joder».Tony González
EL CUADERNO DE TONY GONZÁLEZ · #03
El peligro de tirar del hilo
6 de octubre de 2026
En la última página de El Cuaderno hablábamos de Umberto Eco y de esas novelas que parecen esconder una biblioteca dentro.Pero todo aquello comenzó, en realidad, por culpa de otro escritor.Jon Juaristi.Había leído un artículo suyo en ABC titulado “Sobreviene la ecpirosis”. Comenzaba con El nombre de la rosa y, unas líneas después, uno ya andaba metido entre escritores geniales como Borges, Walter Scott, Charlotte Brontë, Daphne du Maurier, Raymond Chandler, Dashiell Hammett y Ross Macdonald.Eso me dejó pensando.No solamente en Eco, sino también en la clase de escritor capaz de hacer algo semejante.Porque una cosa es saber mucho.Otra bastante más difícil es conseguir que al lector le interese lo que sabes.El peligro de tirar del hiloHay escritores a los que uno lee buscando una respuesta.Y hay otros que tienen la mala costumbre de provocar nuevas preguntas.Juaristi pertenece, para mí, a los segundos.Filólogo, poeta, ensayista, novelista, traductor y profesor de Literatura, su trayectoria explica en buena medida esa facilidad para pasar de una disciplina a otra borrando fronteras.Quizá por eso aquel artículo sobre Eco me interesó tanto.Juaristi hace allí algo parecido a lo que comentábamos en la entrega anterior sobre El nombre de la rosa: coloca una referencia delante del lector y confía en su curiosidad.Puedes pasar de ello y seguir con tu vida.O puedes tirar del hilo, aunque sea solo por curiosidad para responderte a la pregunta, en cubano: «¿De dónde salió este tipo?»El problema es que, si tiras, nunca sabes dónde vas a terminar.Empiezas buscando qué carajo significa «ecpirosis» y media hora después estás leyendo sobre la concepción estoica de la destrucción periódica del universo.Internet tiene muchos defectos, pero para esta clase de excursiones intelectuales es un invento formidable.Siempre que uno recuerde regresar.De Eco a Borges y de Borges a quién sabe dóndeLo que me interesa especialmente de Juaristi no es la acumulación de nombres. Eso sería relativamente fácil.Lo interesante es establecer relaciones.El incendio de una biblioteca conduce a otros incendios literarios. Una novela lleva a otra. Borges aparece detrás de Jorge de Burgos y la biblioteca de El nombre de la rosa nos devuelve a La biblioteca de Babel.De repente, los libros dejan de parecer objetos independientes.Empiezan a conversar entre ellos y nosotros intentamos coger el hilo de la conversación por donde podemos.Tal vez por eso releer puede resultar tan interesante. El libro no ha cambiado una sola palabra desde la primera vez que lo abrimos.El que ha cambiado es el lector.Entre una lectura y otra hemos leído otros libros, conocido otras historias, aprendido algunas cosas y olvidado probablemente bastantes más. Donde antes no vimos nada, ahora reconocemos una referencia.Una puerta que estaba allí desde el principio se abre.Un escritor que también merece que tiremos del hiloConfieso que el artículo de Juaristi me llevó también a hacer algo que probablemente sea inevitable después de escribir todo lo anterior: mirar su propio trabajo como escritor.Su obra es amplia y bastante difícil de encerrar en una sola etiqueta. Ha escrito poesía, ensayo, memorias, biografía y también novela.Si alguien quiere empezar a recorrerla, yo señalaría tres caminos muy diferentes, inspirado en los premios, todo hay que decirlo.El bucle melancólico es probablemente su ensayo más reconocido. Publicado en 1997, estudia la construcción histórica y cultural del nacionalismo vasco y obtuvo, entre otros reconocimientos, el Premio Espasa de Ensayo y el Premio Nacional de Ensayo. No es precisamente una novela para llevarse a la piscina, pero permite conocer al Juaristi ensayista y su manera de relacionar historia, literatura, mitos e identidad.Otra posibilidad es Miguel de Unamuno, su biografía del escritor bilbaíno. Y aquí el encuentro resulta especialmente atractivo: un filólogo, escritor y ensayista vasco enfrentándose a otro escritor vasco difícil de clasificar, contradictorio y poco dispuesto a permanecer quieto dentro de ninguna casilla.Y después está La caza salvaje, publicada en 2007 y ganadora del Premio Azorín de Novela. Es una puerta diferente porque permite encontrarse con Juaristi en el territorio de la ficción.Ensayo, biografía o novela.Tres formas bastante distintas de empezar.Yo ya tengo trabajo pendiente.Una biblioteca nunca termina donde uno esperabaTodo esto comenzó con un artículo de periódico.El artículo me llevó de nuevo a Umberto Eco.Eco me devolvió a El nombre de la rosa y El péndulo de Foucault.Y ahora Juaristi me deja varios libros esperando.Quizá leer consista también en eso.Un libro nos lleva a otro. Un escritor menciona a alguien que no conocemos. Una palabra extraña nos obliga a buscarla. Una referencia que ayer pasó inadvertida hoy nos hace detenernos.Y así vamos construyendo una biblioteca que nunca se parece demasiado a la que habíamos planeado.Por suerte.Porque una biblioteca en la que supiéramos de antemano qué vamos a encontrar sería un lugar bastante aburrido.Y ahora te toca recomendar a tiEsta vez no quiero terminar recomendándote otro libro.Quiero que me lo recomiendes tú.Si has leído a Jon Juaristi, ¿por cuál de sus libros debería empezar?Si no lo has leído, ampliemos la pregunta:¿Qué escritor descubriste gracias a otro escritor, a un artículo, a una entrevista o simplemente a una referencia encontrada por casualidad en un libro?Respóndeme a este correo. No necesito una reseña: me basta un autor, un título y, si te apetece, una frase explicándome por qué debería leerlo.Mi lista de libros pendientes ya es absurda, así que unos cuantos más tampoco van a solucionar el problema.Un par de curiosidades.La primera de Jon Juaristi. Él no solamente escribe sobre libros.También los ha custodiado.Entre 1999 y 2001 fue director de la Biblioteca Nacional de España y, posteriormente, entre 2001 y 2004, dirigió el Instituto Cervantes.Con este pedigrí, no creo que Juaristi sepa hablar en cubano.La segunda es mía.Hace un par de años estaba presentando mi ensayo Bullying escolar al descubierto. Claves para descubrir el acoso en la escuela. Una lectora que tiempo antes había comprado La Travesía se me acerca a preguntar de qué trata el libro. Cuando le explico, me preguntó:«¿Pero tú no escribes novelas? ¿Por qué entonces escribes ensayo?»
¿Qué podía haber respondido?En ese momento me quedé sin palabras. Si hubiera conocido mejor la obra de Juaristi, quizá habría sabido responderle: escribir una cosa no debería impedirnos escribir otra. Las etiquetas pueden resultar muy útiles para ordenar los libros en una biblioteca, pero no necesariamente para decidir cómo y qué debemos escribir.Después de dos páginas de El Cuaderno hablando de escritores con bibliotecas dentro de la cabeza, quizá no sea el peor lugar para
terminar.Tony González
EL CUADERNO DE TONY GONZÁLEZ · #04
El buen gusto de mirar sin prejuicios
20 de octubre de 2026
Hay películas que uno empieza a ver con ciertos criterios y termina mirando de otra manera. No porque nos hayan convencido de algo mediante un discurso, sino porque han conseguido algo bastante más difícil: desmontar nuestros prejuicios sin necesidad de señalarlos.Eso me ha sucedido con La bola negra, la película de Javier Calvo y Javier Ambrossi, Los Javis.Espero ya la hayas visto, aunque he evitado hacer spoiler.Había escuchado hablar de ellos, por supuesto. Nunca les había prestado demasiada atención. Los metía en ese cajón, cada vez más concurrido, de personajes surgidos del universo de los influencers, rodeados de una notoriedad no siempre acompañada por una obra que justificara tanto ruido.Me equivoqué.La bola negra es un largometraje de una ambición artística considerable. Una película que no necesita explicarme constantemente qué debo pensar. No me trata como a un espectador incapaz de relacionar las imágenes, confía plenamente en mi inteligencia.Empecemos por algo que parece sencillo, pero no lo es: el buen gusto.Una película que sabe dónde poner la cámaraEl comienzo de La bola negra resulta impactante. Hay imágenes que te sitúan inmediatamente en un estado de atención, que te hacen comprender que estás entrando en un mundo con sus propias reglas y que merece la pena seguir mirando. Las escenas son de una belleza indescriptible que se rompe cuando surge lo inesperado.Eso es lo que entiendo por buen gusto. No una acumulación de cosas bonitas ni una búsqueda permanente de la imagen perfecta, sino la capacidad de encontrar la medida adecuada. Saber cuándo un plano necesita durar, cuándo una escena debe terminar y cuándo una imagen puede expresar algo que un diálogo estropearía.El buen gusto también consiste en no confundir la intensidad con el exceso.Y aquí entra en juego otro de los grandes aciertos de la película: el montaje.Tres historias, una misma corrienteLas tres historias avanzan en línea recta, aunque la película salte entre épocas y personajes. Solo es necesario un primer aviso, se muestra el año en que ocurre cada línea dramática y a partir de ahí te toca a ti hilvanar. Los cortes no destruyen la continuidad; la construyen.Alternar tres líneas narrativas no consiste simplemente en interrumpir una historia para continuar otra. Los cortes producen ecos y conexiones que no siempre necesitan hacerse explícitos.El espectador tiene que participar, aunque no se le exija resolver un rompecabezas. Esa es una diferencia importante. La complejidad no tiene por qué convertirse en confusión, del mismo modo que la claridad no exige simplificarlo todo.Hay interpretaciones que destacan por su intensidad, otras por su contención y otras por la capacidad de hacer creíble un personaje con apenas un gesto. Los actores trabajan para la película, y eso se nota.Si bien resulta indiscutible el talento de Lola Dueñas, Antonio de la Torre, Penélope Cruz y Glenn Close; la verdadera energía, el peso de todo, corre sobre los hombros de Álvaro Lafuente, Miguel Bernardeau y otros que quizás hasta ahora habían sido secundarios y que a partir de este momento deberían ser más tenidos en cuenta.Los personajesUna de las cosas que más valoro de La bola negra es que sus personajes no están construidos como carteles que anuncian una idea. Me interesa mucho más una obra que se atreve a construir seres humanos contradictorios que otra que reparte los papeles con una claridad tranquilizadora. Los personajes completamente blancos y completamente negros pueden servir para determinadas narraciones, pero cuando todos responden a una función moral demasiado evidente, la vida desaparece de la ficción.En esta película hay una variedad de personajes y motivaciones que ensancha su dimensión humana. Cada cual llega a sus decisiones desde un lugar diferente. El pasado, la educación, los deseos, los miedos y las circunstancias no afectan a todos de la misma manera.Como personajes secundarios, las madres ocupan un lugar especial en ese entramado. Lo femenino no queda reducido a un complemento del conflicto masculino. Las mujeres tienen presencia, carácter y una relación propia con los acontecimientos. No son todas iguales ni cumplen una única función. Tampoco se las idealiza como si debieran aportar una sabiduría moral que los hombres no poseen.Respetar a los personajes femeninos consiste precisamente en concederles la misma libertad para ser complejos, vulnerables y, llegado el caso, desagradables. No hace falta convertirlas en heroínas para reconocer su importancia.Cuando una obra permite que sus personajes sean personas antes que argumentos, empieza a ocurrir algo interesante: dejamos de preguntarnos qué representan y empezamos a preguntarnos quiénes son.¿Una película contra la homofobia?He leído a algún crítico definir La bola negra como una película contra la homofobia. Entiendo de dónde procede esa interpretación, pero me parece simplista.Es como decir que El padrino es una película contra la mafia o que Robin Hood es una historia contra los ladrones de los bosques. Podemos encontrar esas cuestiones en las obras, por supuesto, pero reducirlas a ellas equivale a confundir uno de sus temas con su significado completo.En La bola negra, la homosexualidad existe como lo que es: una parte de la vida.No necesita ser enaltecida para que su presencia resulte legítima, ni denigrada para que podamos comprender el conflicto que experimentan determinados personajes. No es una rareza que la película deba justificar, ni un recurso introducido únicamente para provocar una reacción o, lo que es peor, estar a la moda o ser woke.La diferencia es importante.Cuando una obra trata la homosexualidad como una parte de la vida, no necesita convertir cada escena en una declaración de principios. Sus personajes pueden enamorarse, sufrir, desear, equivocarse, ser generosos o actuar con egoísmo. Pueden tener conflictos que no estén relacionados con su orientación sexual. Pueden ser personajes completos, no representantes de una causa.Por eso me resisto a considerar La bola negra un panfleto contra la homofobia, contra una ideología o contra cualquier otra cosa. La película hace algo más interesante que exponer un argumento y acumular pruebas para demostrarlo.Construye un mundo.En ese mundo hay homosexualidad, deseo, miedo, rechazo, afecto, violencia, ternura, poder y memoria. Todo eso convive sin que la película tenga que convertirse en un manifiesto.Una obra de arte puede tener una dimensión política, histórica o social sin quedar reducida a ella. De hecho, cuando una película está bien construida, sus implicaciones pueden ser mucho más amplias que cualquier mensaje explícito que se le atribuya.La diferencia entre una obra de arte y un panfleto no está en que la primera carezca de ideas. Está en que la obra de arte no se agota en la idea que la ha puesto en marcha.Lorca, incluso cuando no estáAquí aparece Federico García Lorca, una presencia que recorre la película sin necesidad de ocupar constantemente la pantalla.Me parece uno de los homenajes más interesantes que se le han hecho desde el cine. No porque se dediquen a reconstruir su biografía de principio a fin, ni porque necesite recordar continuamente al espectador quién fue. Su relación con Lorca es más ambiciosa: parte de un texto inacabado y construye un universo que dialoga con su obra, con su tiempo y con las vidas que la historia dejó fuera.De La bola negra original, se conservan apenas cuatro cuartillas. Un punto de partida, un fragmento que permite imaginar posibilidades, pero que no contiene por sí solo todo lo que vemos en el filme.Eso hace más interesante el trabajo de los creadores. No se trata de fingir que conocemos el texto que Lorca habría escrito si hubiera podido concluir su proyecto. Se trata de tomar en serio la potencia de aquello que dejó abierto y preguntarse qué puede generar hoy.Eso es, en definitiva, lo que espero de una película cuando decide aproximarse a un poeta como Lorca. No que convierta sus versos en un catálogo de citas reconocibles, sino que encuentre imágenes capaces de prolongar esa sensibilidad y de hacerla hablar en otro lenguaje.Hay homenajes que consisten en repetir lo que un autor dijo. Otros intentan comprender qué hacía posible que lo dijera. Me interesa mucho más lo segundo.Aprovecho para incluir mi tema de conversación favorito: la música. Todo el mundo conoce a los Beatles y sus canciones. Se han hecho miles de homenajes a su obra en todo el mundo. La mayoría consiste en repetir sus composiciones de alguna manera, pero hay tres momentos entre esos miles donde la creación va más allá. Quisiera que sintieras la curiosidad suficiente como para hurgar en Spotify. Escucha “Normal 1” de Fito Paez y “Sowing the Seeds of Love” de Tears for Fears que toman la esencia de los chicos de Liverpool y la esparcen como lluvia fresca lanzada con las manos del corazón. El tercero ya es más convencional si lo comparamos a las anteriores, pero muy válido: Sarah Vaughan interpretando “Eleanor Rigby”.La bola negra y el arte de excluirVolvemos a la película y su título. También merece que nos detengamos en él.La votación mediante bolas blancas y negras no era exclusiva de los casinos. Se utiliza en logias masónicas, clubes y asociaciones para decidir si una persona puede ser admitida. El rechazo adquiere la apariencia de un procedimiento.Eso es lo que convierte la bola negra en algo más que un objeto. Es una forma de ejercer el poder, de cerrar una puerta y de decidir quién merece entrar en un espacio y quién debe quedarse fuera.No hace falta que una sociedad prohíba expresamente la existencia de alguien para que esa persona aprenda a vivir como si estuviera prohibida. Basta con que las puertas se cierren una tras otra, con que las normas parezcan neutrales y con que nadie se considere responsable del resultado porque la decisión, supuestamente, ha sido colectiva o viene de arriba. Siendo adolescente, esa loza cayó sobre mí cabeza y la de muchos de mis compatriotas en más de una oportunidad.Por eso me parece insuficiente definir la película únicamente como una denuncia de la homofobia. La exclusión que muestra tiene una dimensión concreta, histórica y sexual, pero también nos obliga a pensar en los mecanismos mediante los cuales una comunidad decide quién pertenece a ella, o no.Saber qué contar y cuándo hacerloMientras veía la película, pensaba también en la importancia de saber qué contar y qué dejar fuera.En literatura, como en cine, existe la tentación de explicarlo todo. Cuando un autor ha investigado un asunto, conoce la biografía de sus personajes y ha construido un universo lleno de detalles, puede llegar a creer que el lector necesita recibir toda esa información. Pero una obra no mejora necesariamente porque acumule datos. A veces sucede justo lo contrario.La información necesita encontrar su momento. Una revelación anticipada puede perder fuerza; una explicación innecesaria puede interrumpir una escena; un personaje que habla demasiado sobre sí mismo puede dejar de parecernos una persona para convertirse en alguien que está presentando su expediente.Es una lección que vale tanto para quien dirige una película como para quien escribe una novela.También explica por qué me interesa tanto el buen gusto como criterio artístico. No es una cuestión de refinamiento superficial, de elegancia impostada o de demostrar que uno sabe. Es una forma de tomar decisiones. De comprender que cada escena, cada palabra y cada imagen deben ganarse su lugar.El arte no consiste en mostrarlo todo, sino en encontrar la forma de que ese conocimiento se convierta en una experiencia para los demás.Ahí es donde La bola negra me ha convencido.No necesito compartir todas las decisiones de una película para reconocer su inteligencia. Tampoco necesito que coincida con mis ideas para encontrar en ella algo que merezca la pena. Lo importante es que tenga una mirada propia, que no se limite a repetir fórmulas y que sea capaz de sostenerse más allá de la explicación que alguien pueda ofrecer de ella.Lo que queda después de la películaMe quedo con una idea que sirve para el cine, para la literatura y quizá también para la vida: el buen gusto no consiste en embellecerlo todo, sino en saber mirar.Mirar sin reducir a las personas a una etiqueta. Sin confundir la emoción con el exceso. Sin creer que una historia necesita explicarse a cada paso para que podamos comprenderla. Sin olvidar que detrás de cada personaje hay una vida que no cabe en una sola frase.Porque algunas historias no terminan cuando se interrumpe el manuscrito.A veces empiezan precisamente ahí.Tony González



